Abrí los ojos aún en aquella paradisiaca ensoñación. El temblor de la realidad no nos sacudiría aún por unas horas. Desprevenidos levitamos en el espejismo algún tiempo más. Paseamos por la vieja Habana, tomados de la mano deambulamos entre sus callejuelas, vagamos al interior de sus catedrales, tomamos su café, degustamos sus hoteles y bebimos su música.

Ebrios de placer y de sol observamos ajenos, desde el otro lado de aquella frágil vitrina de cristal, el ir-y-venir de la muchedumbre. Los niños (a decir verdad bastante escasos) que corrían semidesnudos por la ciudad. La mujer de generosos pliegues de piel café y tela amarilla que cantaba, con prodigiosa voz de soprano, un son de una sola palabra: maaaaníiiii. Un chico en la más íntima conversación con el mar (no viejo, chico), sus pies flotando a unos centímetros del agua. Y, siempre allí, en uno y todo los rincones de La Habana, el hombre de la guitarra y la voz desgarrada que declamaba su musical poema de amores capaz de paralizar almas afanosas y agrietar espíritus glaciales.

Fue allí, en medio de la Plaza de Armas, a la hora de la mañana en la que el sol le sede un espacio a la vida, donde encontré entre la multitud su dolorosa mirada y estoica sonrisa. Él, que era un músico cualquiera. Él, que era todas las voces de Cuba. Me miró a los ojos. Cuba me miró y yo la miré de vuelta. La vi por primera vez. Y algo en ella, en él, en sus descarnadas facciones desató en mí una especie de vómito esquizofrénico. Un peso cubano a mí no me sirve de na’. Yo quiero salil. El cubano no vive, sobrevive. Allá se vive bien. Me rodeaban como un insoportable zumbido aquellas conversaciones. Las que había tenido y realmente no había atendido. Ahora mi mamá tiene un televisor y una lavadora. Pesco pulpo y lo vendo pa’ ganalme algo más. El estruendo de voces se reproducía caótico y obstinado en mi cabeza.

Confundida y abrumada volví al hotel. El lobby lucía diferente. Ahora los turistas se me antojaban repulsivos, como una peste de parásitos enrojecidos hibernando bajo el asfixiante calor del medio día. Para entonces ya habíamos gastado casi todo el presupuesto que, aunque modesto, debía alcanzar para los siete días de nuestro viaje. Algo preocupados, pero aún en la inconsciente inercia de los viajeros, salimos a dar un paseo por las cercanías del hotel.

Los pies sin anunciarnos nos llevaron frente al mar. A una pequeña playa de corales en medio del conjunto de hoteles. Allí, tal vez el ruido podía ser reemplazado por el insistente golpeteo de las olas contra las piedras, pero Cuba seguía obstinada en hablarnos. Esta vez era una madre. Nos preguntó si teníamos ropa, jabón o champú que pudiéramos regalarle. Su prominente barriga, descubierta hasta el inicio del busto, atrapaba mi mirada. Tuve que esforzarme por mantener mi etiqueta y alejar los ojos de la loma de grasa. Luego de insistir en que nos encontráramos allí al día siguiente, se alejó con un gesto agradecido.

Respiramos aliviados. Queríamos estar de nuevo en la vitrina. Queríamos ver la primera Habana. Pero por la raja de nuestro muro de cristal, que amenazaba con pulverizarse en cualquier momento, se colaban los anhelos (o algo más que eso) de la ciudad que había detrás de aquella máscara escarlata.

Presenciamos en silencio la que nos pareció una lentísima caída de sol. Justo cuando nos preparábamos para volver al pequeño búnker en el que se había convertido el hotel, se acercaron a nosotros dos jóvenes de unos veinte y tantos años. Sus gorras de camionero, pantalones anchos y grandes zapatos deportivos hablaban de una juventud más conocida para nosotros.

Nos abordaron con una pregunta bastante sencilla: ¿de dónde son?, pero la naturaleza de nuestros últimos acercamientos nos inclinó hacia un rápido escape, así que respondimos en monosílabos para huir de cualquier solicitud que pudieran estar planeando. Al fin y al cabo también nosotros estábamos arruinados en aquél país en el que tiene más validez el trueque que las tarjetas de crédito. (Ya teníamos una lista mental de las camisetas que probablemente venderíamos en caso de emergencia.)

A pesar de nuestros intentos por terminar velozmente con aquella indeseada conversación, Juan y Manuel –esos eran sus nombre… o por lo menos para esta historia lo serán–, insistían en continuarla con todo tipo de inquisiciones sobre nuestro país. Juan era un hombre delgado de piel morena, que hablaba con familiaridad y un carisma acogedor. Manuel, por su parte, era algo tímido e intentaba mantenerse al margen, por lo que solo se explayaba en los temas que le interesaban con un entusiasmo que lo tomaba por sorpresa. Era atractivo. Un mulato de ojos verdes y cuerpo esbelto que fácilmente causaría estragos en mi país.

Rápida e inadvertidamente, nos sumergimos en una vehemente conversación con nuestros nuevos amigos (Sí. Habíamos hecho amigos) que pronto trasladamos a una pequeña tienda y acompañamos de un par de cervezas. Los escuchamos (o, mejor, interrogamos) sobre sus días que, velozmente, se separaron de los nuestros por un abismo: albedrío. La tristeza, impotencia y desesperación los poseían al relatarnos una historia en la que el trabajo arduo y la profesionalización solo servían para comer arroz y frijol. En la que la carne estaba prohibida. En la que la pasta dental era un lujo. En la que solo se podía conocer el mundo por las novelas en la televisión o los nuevos amigos que, como nosotros (y finalmente lo entendimos), podían hablarles del mundo para ellos jugar al mochilero con la imaginación.

Me conmovió oírlos hablar de su libertad. Envidiarme con fatal entusiasmo y desgarradora esperanza por cada pequeña anécdota. Alzar sus miradas como las de niños ante la heroica hazaña de un superhéroe cuando les describía algún viaje, una ida al supermercado, un libro leído, un plato degustado… una posibilidad.

El azar (o cualquier sarcástica deidad) había hecho de ellos una dolorosa contradicción. Les había regalado las mismas ganas de ver el mundo, tan liberadoras como asfixiantes, con las que yo me las veía todos los días, pero los había inventado cubanos. Les había dado un par de grilletes que no había escogido tener y que tampoco se podía quitar. Dame mi libertad –decía.

Nos contaron, en un temeroso cuchicheo, sobre el intento de unos ingenieros, hacía ya uno o dos años, de abandonar el país. Aprovechando sus capacidades de cálculo y prodigioso entendimiento de la física, habían transformado un Cadillac de los cincuenta en un submarino. Juan nos mostró el video tomado desde su celular. Era increíble. Increíble de verdad. Ahí estaba, frente a mis ojos: un carro como cualquier taxi de La Habana, transformado, gracias a una especie de pintura aislante, en una bestia negra con un reluciente propulsor dorado en el baúl. En el video aparecía sobre una grúa. Le pregunté y me explicó que el gobierno se había enterado de la hazaña (esta sí era una real hazaña, pensé) y lo habían incautado.

La neblina de la primera Habana iba desvaneciéndose con gran velocidad y, cuando nuestros amigos comenzaron las cuentas matemáticas, supimos que ya estaba hecho. La vitrina estaba rota. Intentaré, a continuación, ilustrar los cálculos de los que hablo y espero ser tan virtuosa al hacerlo como nuestros amigos:

En Cuba existen dos monedas. Una, la oficial, llamada el Peso Cubano, utilizada por el Estado y la única válida a nivel Internacional. Otra, exclusivamente nacional, llamada el Peso Cubano Convertible o CUC, utilizada por extranjeros y locales en, bueno, casi todo. Un CUC equivale a veinticuatro Pesos cubanos. Ahora, un salario mínimo –y bastante común– es de doscientos cuarenta Pesos Cubanos, es decir, diez CUC. ¿Cómo podría aclarar lo que eso significa? Fácil: Eso alcanza para media libra de carne, una llamada a Colombia desde el hotel de tres minutos, diez agujas para inyecciones, ocho dólares, un kit de aseo –pasta dental, cepillo de dientes, barra de jabón y frasco pequeño de champú–, un cuarto de un par de zapatos, cinco cervezas o una milésima de lo que cuesta salir dudosa, pero legalmente, de Cuba –diez mil CUC.

Sí.

Necesité tiempo para procesarlo.

Esto significaría (para un colombiano) que media libra de carne o una llamada internacional de menos de cinco minutos costara seiscientos mil pesos. O que para tener un par de zapatos decentes tuviéramos que llevar en la billetera dos millones cuatrocientos mil pesos. O que con un millón doscientos mil pesos solo pudiéramos pagar una libra de carne (con un plato nacional como la bandeja paisa).

Abrí mis ojos nuevamente, pero esta vez no encontré a la mujer voluptuosa con voz de soprano que cautivara mis oídos, en su lugar estaba un rostro deformado con una sonrisa embutida, ajena, que daba alaridos de hambruna. Mi nuevo amigo no me hablaba fervoroso de su cultura, sino temeroso de su gobierno. Nuestro guía no nos había contado de su cotidianidad, sino de su guerra diaria. Y aquel chico no entablaba una conversación íntima con el mar. No. Él suspiraba vulnerable frente a su más grande tentación, siempre acechante con su promesa al otro lado de la marea. Él y sus cálculos mentales. Él y su Cadillac submarino. Él y sus diez mil CUC.

Matemáticas de La Revolución:

1 CUC = 24 Pesos Cubanos

1 CUC = 0,8 Dólares

1 CUC = 1,2 Euros

10 CUC = Salario Mínimo

20 CUC = Salario Promedio

50 CUC = Salario de un Médico Neurocirujano (bastante bueno)

20 CUC = 1LB de Carne

6 CUC = Botella de Ron Havana Club

32 CUC = Un habano fino

2 CUC = Paquete de cigarrillos Populares

1,5 CUC = Una cerveza

15 CUC = El plato más barato en un restaurante

8.000 CUC = Cadillac del 54 (no para colección)

3,30 CUC = Minuto de llamada a Colombia

2,50 CUC = Minuto de llamada a EEUU

5 CUC = Una hora en Internet (SOLO disponible en ciertos hoteles)

10.000 CUC = Libertad

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