Así que partió al alba, con una muñeca en la mano –cuya decapitación, horas después, sería la primera de muchas– junto a otros seis niños que dejaban en silencio la aldea y la infancia.

 

Ella no tenía el ceño fruncido ni en sus labios se dibujaba el rictus que yo habría supuesto. Llegó alta, fresca y jovial, contrario a todo lo que me habían enseñado. Mi novia, dijo R., quien era el verdadero motivo de aquella reunión. Mi amigo lo saludó y rápidamente se sumergieron en una conversación íntima, mientras ella y yo los observábamos al límite del espacio personal.

¿Tú qué haces?, me preguntó ella con una sonrisa en la cara disipando su aburrimiento y, por fortuna, mi incomodidad. Soy actriz, respondí, con la timidez que siempre me ha procurado nombrar mi oficio. Sus ojos se abrieron espontáneos y una sonrisa que parecía abrazarlo todo se dibujó en su rostro dejando ver la anatomía entera de sus dientes blancos. ¡Me encanta la televisión desde que la descubrí! ¡Un día me voy a comprar un televisor así de grande!, pronunció abriendo sus brazos macizos en un gesto exagerado. Me tomó por sorpresa aquella reacción tan diferente a los <<¿y en dónde has salido?>>, <<pero, yo no la he visto>> o <<yo no veo televisión>> que ya hacían parte de la rutina. Solté mis amplias carcajadas entusiasmada con su renovadora honestidad y despreocupada simpatía.

Una decena de personas –la mayoría entre los veinticinco y los treinta y cinco– escuchábamos ensombrecidos el relato de R.: el brillante estudiante de historia de la Universidad de Cartagena que, consecuencia de su trabajo en los barrios olvidados de la ciudad vinculados a un nombre de izquierda, había sido sometido por los paramilitares a una persecución violenta y conducido, contra su voluntad, al corazón de la selva en el Frente 37 de las FARC. Estos, los momentáneos héroes de su historia, aprovecharon su horror y desesperación para ofrecerle protección. Allí, aquel escuálido y torpe joven de plumas y letras fue obligado a permanecer entre más de medio centenar de hombres de armas.

Entre jocosas anécdotas sobre sus excursiones para ir al baño –que tomaban tres veces más de lo normal a falta de sentido de orientación– o su confusión al ver por primera vez un tubérculo; dolorosas historias acerca del profundo desamparo de la gente del campo o Cruz-Roja –el niño que había muerto en sus brazos después de insistir en hacer parte del frente a falta de escuela, familiares y amigos– y excitantes secuencias de acción en el campo de batalla o en la odisea de su fuga, R. nos mantuvo durante largo tiempo expectantes al desenlace de aquel argumento digno de Hollywood. Sus ojos amables revivieron el miedo de los helicópteros y dejaron escapar caudalosos lagrimones al tener frente a ellos el rostro del niño cuyo duelo aún le estremecía el alma.

Al terminar, tras unos segundos de apesadumbrado silencio durante los que algunos espectadores dejamos escapar gemiditos y resoplidos ahogados, ella, la de jovial sonrisa, quien había permanecido callada en el fondo de la habitación, tomó asiento al centro del grupo.

Mi nombre es G., dijo con el leve golpeo de aquel acento rural colombiano. Soy de un pueblito olvidado de Caquetá. Tan olvidado que ni electricidad hay. Aún la rodeaba aquel aire ligero y acogedor que parecía aferrarse a ella –¿o sería que ella se aferraba a él?– y no daba señales de desvencijar. Incluso pareció estrecharla con más furia cuando, como quien da una lista de estudios en una entrevista de trabajo, explicó: Fui abusada desde los cuatro años. Mi padrastro y otros, me abusaban desde los cuatro. Él también fue víctima de abuso, agregó a modo de epílogo con un dejo de compasión. Yo estaba muda y sacudida con aquella revelación. Sentí una cachetadita de vergüenza golpearme en seco cuando recordé que, durante nuestro breve encuentro, ella no se había presentado y yo no había mostrado interés por conocer su profesión o procedencia. Suspiré empujando hacia afuera los restos de dolor que me atravesaban como agujas el pecho tras el último relato, me escurrí en el incómodo asiento metálico y me dispuse a escuchar a la mujer más amable narrar la historia más escalofriante.

Describió trazos de su infancia. Una que, aunque con la más abrumadora sinceridad catalogaba como feliz, para cualquiera de los privilegiados sentados en aquella sala se asemejaba a una descabellada y tenebrosa quimera. Su padrastro, obsesionado con la disciplina militar, se había encargado de convertir el patio de la casa en un campo de entrenamiento para ella y sus dos hermanos menores. Allí, entre los cultivos y animales, pasaban horas corriendo de un lado a otro con los alaridos del dictador como banda sonora y las lágrimas de ira como decoración, sin sospechar el profundo agradecimiento que la inundaría luego, al rememorar aquella accidental preparación.

Despuntando su adolescencia, al golpe del mediodía de la vida, llegaron a su vereda los de verde a exigir aquel dote bautizado como procedimiento médico –más doloroso y perjudicial que su progenitor. Las vacunas eran demandadas en dinero o en especie según la preferencia del paciente. Dadas las precarias condiciones económicas de su familia, el dictador se vio obligado a optar por el segundo programa crediticio: la especie, el voluntariado o el primogénito, como le quiera llamar. El destino, necio y severo, se enganchó de su año de nacimiento para condenarla a, en principio, tres meses de quién-sabe-qué.

Así que partió al alba, con una muñeca en la mano –cuya decapitación, horas después, sería la primera de muchas– junto a otros seis niños que dejaban en silencio la aldea y la infancia.

Los tres meses se estiraron sin demasiada resistencia hasta convertirse en media docena de años. Luego de pasar por un entrenamiento especial en inteligencia –que consistía más que todo en mostrar el pecho y menear el culo ante los soldados– y otros tantos cargos, fue reclutada para la labor macabra en la que permanecería casi hasta su salida: los abortos. Así fue que acabó pasando el tiempo escarbando las entrañas de mujeres con improvisadas herramientas de metal, triturando la vida y hurtándola a pedazos. Incluso a veces, si alguna de sus pacientes había despertado la ira de algún jefe debía, como castigo, hacerlo sin mucho cuidado. Por eso, cuando la vida se empeñó en trepársele en la panza, no encontró más opción que abandonar la seguridad de la guerra, tan inevitable e inherente a su existencia.

Tras una travesía, –similar a la relatada por R.– que describió casi a modo de inventario, sin darle demasiada importancia, se bajó del bus en un pueblo cualquiera y deambuló por las calles hasta llegar a un parque. Se botó sobre un banco a inventarse un plan cualquiera que le salvara la vida a ella y al que tenía bajo el ombligo. Fue entonces cuando, mientras hurgaba el concreto con la mirada en busca de un estratagema, un grupo de policías se abalanzó sobre ella con la suela por delante a sacarle el uniforme a patadas. Un hombre mayor –que, más tarde se enteraría, también hacía parte de la fuerza pública– la arrastró a su casa tras la golpiza, le dio de comer y la sentó en la sala junto a su hija. R. nunca había visto una yuca y yo nunca había visto un televisor, interrumpió con parsimoniosa elocuencia. Frente a la mágica caja de luz y rodeada de su nueva familia anónima, G. desempolvó la esperanza y desenterró la inocencia.

Algunos días después, –que dedicó a ponerse al día con la infancia entre muñecas y tacones– tras numerosos trámites correspondientes al proceso de reinserción y una titánica lista de exámenes médicos, el destino se dispuso a martillarle la ilusión. Sentada en la escueta sala de espera del hospital, el médico le explicó que la vida se le había escurrido de entre las piernas a causa del estrés, la persecución o la paliza –o el implacable coctel de los tres– mientras ella sentía que se le escurría del alma dejándola yerma también allí.

Vacía, en lo físico y esotérico, la voluntad férrea le pareció un capricho. Más tarde, la suerte se aprovecharía de su flaqueza para empacarle las maletas. La están buscando, dijo el hombre al otro lado de la puerta. Su rostro duro y hosco le pertenecía al monte. Ella, viendo la maleza invadir la habitación, recibió atenta la noticia. Su madre y su tío habían sido llevados a la selva como incentivo para que ella y el dinero que había desaparecido simultáneo a su partida regresaran a su dueño. ¿Cuál dinero? No importaba y lo sabía. Tendría que volver.

Mi madre aún permanece en el hospital psiquiátrico, dijo con sencillez. Y mi tío, comenzó sin terminar aquella sentencia. Solo años después, cuando se le hinchara nuevamente el ombligo, sentiría la fatal urgencia de emprender el camino de regreso.

Nunca tuve tanto miedo como en mi primer día de trabajo, exclamó tras un pesado suspiro. Ni siquiera en el monte, terminó. Había sido su hija quien, al verla paralizada de miedo frente a la puerta, le había dado el empujón. Estoy orgullosa de ti, susurró con la voz hecha añicos en el único instante en el que vi aquel aire de ligereza sucumbir ante la memoria. Era la voz de su hija, su existencia, la que siempre le deshojaba la inercia.

Al terminar su relato, un sepulcral silencio se apoderó de la habitación. Mi amigo anunció –con sentido entusiasmo– que era el momento para hacer preguntas. Durante unos minutos todos permanecimos callados, primero en un estertor compartido y luego en un incómodo desasosiego. Finalmente, las preguntas comenzaron a brotar tímidas hasta decantar en un animado debate. Un hombre mayor, al margen de la estadística demográfica del grupo, miraba intenso a nuestros dos interlocutores. No entiendo, irrumpió y, posando sus ojos entornados sobre G., continuó: ¿Cómo es que tú sí lograste perdonar y yo que he padecido solo un pedazo de esta guerra no lo consigo? Ella, con una sonrisa dueña de la más insondable sabiduría, respondió dulce y pausada: Porque yo entendí que la guerra no comienza ni termina en el campo de batalla.

De pie sobre la acera, con el viento frío golpeando la solapa de mi abrigo, aún sentía el peso de los brazos macizos de G. que se habían enrollado con suavidad a mi alrededor durante un largo tiempo. Cómo sería de lindo que todos pudieran conocerla, pensé. La guerra comenzó con el abuso de su tío, con el analfabetismo de aquel comandante, con el abandono del estado y con el odio de sus ciudadanos. Solo desde allí podía acabar. Eso había entendido ella. Es probable –o, más bien, certero– que, de haber sido puesta en sus zapatos yo, y todos a quienes conozco, hubiera recorrido con exactitud sus pasos. Eso había entendido yo.

 

Para y por G. y R. <3

1 comment

  1. Reply

    Andd 29 agosto, 2016 at 5:58 pm

    Qué narración mas intensa. Otro desafortunado relato que nos deja la guerra a la que siempre, en cualquiera de sus formas, de algún modo u otro, hay que hacerle frente.

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